A las cinco
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En un cortijo situado al pie de una pequeña colina, era primavera, cuando todo vuelve a empezar. Él estaba en el prado, volvía de pasear bajo el temprano sol de marzo exhibiendo toda la fuerza de la juventud. La madre lo miraba, sintió miedo, aquella era su tarde, había llegado el momento.
Un ruido de un motor sordo más allá del camino, habían llegado, como siempre, como había ocurrido siempre. Primero fue el mayor, luego el mediano y ahora, él; maldita tradición.
Se fue con ellos, se alejaron por el camino. Una mirada cómplice, una despedida, aquella era su tarde.
Se abrió la puerta, un griterío ensordecedor; oro, seda, sangre y sol, confusión. Un natural, otro, gritos de torero, una cita, una verónica, aplausos…
De repente clarines, de repente… silencio. Cara a cara, un certero empujón, la espada hasta la empuñadura, un relámpago de acero… se acabó.
Aplausos, de nuevo gritos de torero, pañuelos blancos, una tarde memorable.
No muy lejos de allí, en un cortijo situado al pie de una pequeña colina, una madre lloraba la muerte de su hijo.